lunes, 21 de mayo de 2012

DESDE UNA CONSIDERACIÓN HUMANA...


Nos hemos convertido en números. Los hay por doquier. Están bien, y son necesarios, para definir determinadas cuestiones racionales de una manera rápida, pero, tal y como evoluciona el mundo con la globalización, todo parece indicar que nos hemos convertido de manera excesiva en estadísticas, en cifras, con las que ofrecer a los poderes políticos, económicos, comerciales, financieros, sociales, etc., una determinada perspectiva.


Contamos con números que indican direcciones, pertenencias a empresas, para cotizar, para determinadas vinculaciones bancarias, para expresar ganancias o deudas, para caracterizar nuestro coche, para saber lo que producimos, lo que andamos, lo que conseguimos, lo que perdemos, lo que somos, los años que tenemos, lo que valen nuestros atuendos, lo que consumimos diariamente, etc. Todo tiene vinculación a un número, y éste refleja nuestro potencial, nuestro poderío, nuestra autoridad, nuestra vigencia, si fuera el caso, nuestras motivaciones y/o opciones…

Hay números por todas partes, para poner a los días, a los meses, a los años, a los que nos rodean, a los kilómetros de las carreteras por las que circulamos y en los domicilios a los que vamos. La cultura del número y de la matemática, muy práctica y útil para ganar tiempo y poder referenciar lo que realizamos, puede esclavizarnos y, de hecho, lo hace cuando no somos capaces de pagar facturas, cuando la crisis nos manda a la calle, cuando nos quedamos sin bienes materiales. Ahí, en ese instante, notamos que somos más números que nunca, pues no importa que el bien que perdemos sea esencial o no. No es lo mismo quedarnos sin teléfono, que es prescindible (algunos abrirán interrogantes aquí), que quedarnos sin casa, o sin desayuno, o sin poder pagar el alquiler o la ropa con la que vestimos.

Los números dicen qué tipos de ciudadanos somos, más allá incluso de nuestra cultura o actitud. Dicen si poseemos algo o no, esto es, subrayan nuestro grado de riqueza o de pobreza, y muchos confunden eso con ser o no ser. Lo que podría ser una ayuda, esto es, tener cifras para aproximarnos a la realidad, se confunde con la realidad misma, y así no hay manera de afrontar, incluso desde el plano subjetivo, coyunturas complejas como las que vive la sociedad hoy en día.

Vemos los datos que dan las máquinas, las que venden, las que expenden, las que nos prestan el dinero, las que nos dan lo que es nuestro, las que bareman nuestra productividad, las que atesoran lo que fuimos o pudimos ser, las que cuentan lo que albergamos en todos los ámbitos, a veces creyendo saber más que nosotros mismos sobre nosotros mismos. Los números son así. No entienden el universo de otro modo. Para eso fueron creados.

Por eso precisamente debemos ser nosotros, hombres y mujeres de este mundo, los que cambiemos esa vocación que hemos conformado por hábitos mal adquiridos. Los números, como los hechos, tozudos ellos, precisan de su contextualización, de sus elementos colaterales o principales. Hemos de contar las historias con todos los matices que sirvieron de influencia. Ésa es la razón por la que en los juicios, además de indagar sobre los eventos, se pregunta por su interpretación, para saber por qué ocurrieron de una determinada guisa.

En estos tiempos de una cierta oscuridad por causa de la crisis, de las crisis, por la ausencia de referencias fiables, es seguro que hemos de defender y de apoyar el lado más impresionante que tenemos, el que nos distingue, esto es, el humano, que se adereza de algo esencial en nuestra condición, la fe, la esperanza, la confianza en que las cosas pueden ocurrir y en que puedan suceder en positivo. Para que esto sea así nos hemos de ver desde el corazón, sabiendo que somos, porque lo somos, más que unos números, mucho más.




Un artículo de Juan Tomás Frutos.

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