jueves, 24 de mayo de 2012

UN RAMO DE MARGARITAS SOBRE LA ALMOHADA…






Se secaron los ojos de Violeta de tanto contemplar vidas ajenas.
Desprovista de toda magia, se acuna en su cuerpo la perpetua espera.
Como la pluma que se balancea en su caída o el diente de león que se desgrana en un soplido, cede sus momentos  eternos a la remembranza de un día regalada entre abril y mayo.
Vestía camisa blanca y unos pantalones ajados,  zapatos remendados y un cuaderno amarillo asido en sus manos.  Sus ojos verdes, profundos y sagaces, le hablaron de música, de escalas, de amor y otros encantos. De unos viajes infinitos que solo hacen los enamorados donde las almas se desnudan dejando fuera los recatos.
Crecían las rosas y moría la esvertia en el patio, entre cantos de jilgueros y jaulas vacías de sentimientos.
Temblaron sus carnes cuando en su boca se posó un delicado beso que olía a miel y a enebro. Por los cantos de su piel,  sobre el pelo de su pecho, vio brotar la esencia de lo hechicero.
Las mejillas se volvieron granas y en la mirada de ambos, resto el tiempo.
Sobre el lecho desnudó su cuerpo. Aquél poeta vagabundo  esculpió sobre su espalda los más bellos versos. La hizo sentir valle, montaña, río y marea, floreció en sus entrañas una nueva hembra. Más mujer, más auténtica…
Saboreó lo prohibido, se entregó sin ofrendas…como una yegua salvaje hizo bailar las crines de su melena; entre sus mulos encontró la caricia, penetrante, fuerte, rabiosamente sincera. La humedad que la cubría, los latidos agotados…una respiración unida a la suya, una piel que he servia de manto.
Una tarde regalada entre abril y mayo…
Calmó el cielo su furia, las lluvias cesaron. Callaron los estruendos, se silenció el pecado.  
Y Violeta se quedó dormida entre sus brazos…



*Rocío Pérez Crespo*
*Derechos reservados*

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