martes, 25 de octubre de 2011

LLOVIENDO ESTRELLAS...



La noche me ha sorprendido conduciendo. Escruto la esfera que me protege, infinita antes mis ojos y me gustaría perderme en ella, no volver nunca más a pisar la tierra. Convertirme en algo parecido al viento y volar…volar.
Soy un cobarde. Un tremendo cobarde incapaz de descubrir mi alma. Cierto es que de esa manera no hago sentir mal a nadie, solo me hago daño yo. Pero algo araña mis tripas y hace que me revele contra tanto dolor. No puedo soportarlo más.  
Mi vida se desgrana ante mis ojos, es como una montaña de arena, como un reloj sin cuerda perdido en cualquier agujero, como una escalera sin fin. Por más peldaños que suba, estoy siempre en el mismo. En el mismo minuto de la misma hora. En el mismo día del mismo amanecer.
Duerme. Miro su cara y solo me apetece besar sus labios.
La línea continua de la carretera pasa deslizándose a mi izquierda, la veo brillar. Los arbustos del anden adquieren formas extrañas, detrás de la oscuridad, solo hay más oscuridad. Es un vacío, es un tremendo vacío tan negro como yo.
Han sido unas horas bonitas a su lado, ha cerrado los ojos a los tres kilómetros, siempre le pasa lo mismo, es incapaz de mantener los ojos abiertos. Me recuerda a mis hijos cuando eran pequeños y el coche era el mejor sedante que conocía.
Vuelvo  a mirar su cara. Adoro esas facciones, sus ojos, la línea de la nariz, la curva de su espalda… su cuerpo desnudo, su risa. El amor. Llevo a mi amor durmiendo a mi lado ¡bendita ironía! Daría mi vida, mi vida entera para poder salir de todo esto. Para que no fuese un secreto, tener la libertad de decir…aquí está. Y no perdernos tres horas cada quince días, a hora y media de casa para estar juntos en cualquier habitación de hotel.
Y si lo cuento… ¿Quién lo entenderá?
¿Quien de toda mi familia, amigos, mujer e hijos, compañeros de trabajo...puedan comprender algo así? Yo no tengo la culpa, sé que no la tengo. No lo busqué…sencillamente ocurrió. Me enamoré, ya está…pasó, pasó. Y siento el amor más limpio y más puro que he conocido desde que tengo uso de razón. Estar a su lado y notar como me ama es algo tan profundo, tan intenso, tan extraordinario…me hace sentir tan vivo, tan real, tan yo. Nunca me había sentido tan yo, no tengo nada que fingir, nada que esconder…nada. Únicamente soy yo.
Empiezo a divisar las luces de la ciudad, esperaré un poco más para despertar a mi amor…
No quiero llegar, pero tengo que llegar y ponerme de nuevo el disfraz aunque este veneno me está matando. Me corroe por dentro quemándome las venas. Me vence, me pudre, me encarcela en mi propia identidad.
Estar a su lado es como una lluvia de estrellas, no dura lo suficiente para poder saciarme. Sin embargo de mi vida cara al escaparate, estoy saturado.
¿He sido así siempre y no me había dado cuenta? ¿He engañado? ¿Me he engañado? Necesito respuestas. Hasta que no las encuentre no cesará este infierno. ¿Pero donde las hallo?... ¿donde están?
Para el mundo voy a ser un vicioso, un enfermo mental. Para mis hijos ¿Qué voy a ser? ¿Para mi mujer? ¿Qué voy a ser para mi madre?
Las luces se van acercando, las sombras que me han acompañado durante todo el viaje empiezan a tener silueta, diviso las casas de campo que flanquea la carretera y la higuera del huerto de mi abuelo Antonio. Bueno, más que verla, la intuyo...se que está ahí.
Si alguien pudiera entenderme, si alguien secundara mi valía, mi corazón, mi honestidad…quizá todo seria distinto.
He cruzado media ciudad y sigue durmiendo, ni las farolas, ni los rótulos de neón parpadeantes pueden con su sueño. Me sonrío, despacio le acaricio la pierna llamando su atención.
- Miguel cariño, ve despertándote, ya hemos llegado.
Lo miro abrir los ojos y unos segundos después fija su mirada en mí…
- ¿Te llamo mañana?
- Sabes que si.
Antes de bajarse del coche acaricia mi mano, sabe que más no puede hacer. Y en voz baja me dice, te amo.
Mis sentidos se quedan con él, todo queda con él…yo solo soy una funda vacía llegando a casa, lloviendo estrellas que se apagan ante mis ojos y mojado hasta la medula de miedo.


*Rocío Pérez Crespo*
*Derechos Reservados*






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