jueves, 2 de agosto de 2012

BUENOS DÍAS, EDGAR...




Te he llamado por tu nombre
deshaciendo la rutina de esos pies
decalzos pisando la acera plomiza.
Pesa el tiempo, pesa la vida.

Te miro siendo anónimos,
dos entes que se cruzan cada día,
uno tirado en la calle
la otra cruzando una esquina.

Apesta el calor acumulado en el cuerpo,
y en las retinas la pena de una distancia;
una partida que supo a necesaria, cuando
en el hogar las mesas quedaron vacías.


No es níquel lo que pides,
es poder volver a casa
donde el sol no quema tanto
donde las caras no son extrañas.


Viaja la existencia, entre el ayer
y el mañana, mientras el cuerpo
se va muriendo en el hoy vestido
de rancia y carcomida esperanza.


No hay vuelta atrás –me digo-
mientras mi cabeza se pierde
en tu semblante, observando
la dignidad como estandarte.


Corre infinito por tus arterias
el momento del encuentro,
y aunque te tengas que tragar el fracaso
la recompensa de los tuyos vale el acierto.


Abrasa la mañana sobre la rota camisa,
el cartón está retorcido y el vaso de plástico hundido.
Pero algo ha cambiado, ¿cierto?
Hoy me has sonreído…


*Rocío Pérez Crespo*
*Derechos reservados*






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